18 de marzo de 2010

María Oceánica

María Oceánica llevaba ya muchos años viviendo en el fin del mundo cuando llegó el telegrama. Su hija, Sofía, tuvo que leérselo varias veces para que saliera de su habitual trance romántico. María Oceánica la miraba desde la terraza, ausente; la brisa le revolvía el cabello y se lo enredaba, dándole un aspecto salvaje. Una vez que entendió el telegrama se levantó y caminó hacia el acantilado, mientras el aire suave se convertía paulatinamente en viento ciclónico. Sofía, exasperada, corrió a atrancar puertas y las decenas de ventanas de la casa, maldiciendo el día en que vino a vivir con su madre, a las afueras de la existencia, en un espacio azul perdido en el tiempo, un acantilado al borde de los infiernos marítimos. Maldijo también al mensajero ebrio que tardó una semana encontrando su casa, ya para qué, como si pudiéramos hacer algo a estas alturas además de morirnos, todo por la manía de vivir aisladas…
   María Oceánica, mientras tanto, estaba sentada al borde del mundo como todas las tardes, imaginando a dónde llevarían los pasajes secretos del aire. Miró una hoja café que pasó arrastrada por el viento furioso, y después de acomodarse en su piedra recordó el día en que había decidido navegar el mundo y dejar que el mundo la explorara. También había visto una hoja café volando, en su casa pequeñita en algún lugar no tan lejano como parecería. Aquel día se encontró sonriéndole a todo y descubrió que la vida le excitaba. Recordó el momento exacto en que se sintió enmascarada, atada, y decidió largarse, buscar la vida donde no hubiera vida, decidió hartarse del tedio y largarse. Olvidar a su madre pintándose el cabello, las uñas, los labios, la cara, olvidar toda esa pintura que descubre más de lo que maquilla y largarse de una vez. No se despidió de nadie. Agarró diez nueces y una manzana y se fue. Años más tarde María se olvidó de aquella mujer de labios resecos y decidió creer que su verdadera madre había muerto en un globo aerostático caído, en un campo de flores púrpura bajo el cielo embarrado de nubecitas.
   Sofía llegó corriendo y gritando enredándose en una toalla que traía para proteger a su madre de la lluvia que había empezado. Le ordenó que regresara a la casa, dijo que ya había preparado chocolate con nueces, aunque en realidad sólo era la carnada para llevársela. María Oceánica tardó un momento en salir de su ensoñación, la miró divertida y dijo:
―No quiero.
   Entonces Sofía intentó arrastrarla pero no pudo. Le gritó llorando que tenían que regresar a la casa, a la maldita casa; le preguntó que si planeaba quedarse ahí esperando con paciencia que la muerte disfrazada de truenos y luces lunáticas se la llevara. María Oceánica dijo:
―No es mi plan pero tal vez sea mi destino. Si la muerte viene, moriremos en el lugar más bello del mundo.
―Es increíble que te hundas en tu estúpido romanticismo en este momento.
―Moriremos aquí y  formaremos parte de la naturaleza del mar, ¿qué más podríamos desear?
―¿Qué? ¿Cómo que...? ― Sofía le colocó la toalla en la cara con muy poca delicadeza y se fue a la casa, temblando de frío y de miedo.
   María Oceánica se quitó la toalla. Recordó sus tiempos de viajera juvenil, cuando su energía iba en aumento a medida que la gastaba. Recordó cuando se sintió  saturada de mundo y decidió irse a vivir ahí, al lugar más hermoso que había visto. Lo descubrió un día, a los treinta años, mientras caminaba solitaria por una playa: un lugar agreste e inhóspito, el más emocionante que vería. No sabía nada de cosas prácticas. Sólo conocía del mundo su eternidad y su poesía, así que no se preocupó por trámites, escogió el sitio y mandó construir una casa enorme con cien ventanas sobre un terreno que no era suyo ni de nadie.
  María Oceánica miró las nubes pintadas con carboncillo, sintió el impulso del viento furioso, abrió la boca para beberse la lluvia. Se quitó la ropa.
   Sofía preparaba café dentro de la casa que se tambaleaba. Afuera, el mar febril hervía de vida y de muerte.

3 personas hablaron:

Donpatoanonimo dijo...

Creo que María tenía algún problema que no quería enfrentar y por eso entregó su vida, no creí que alguien funcional aceptará poner la vida de sus hijos en riesgo sobretodo una madre

Donpatoanonimo dijo...

Perdón por las faltas ortográficas el iPod se toma la libertad de cambiar mis palabras

María Oceánica dijo...

En realidad hubiera muerto de cualquier forma, y decidió hacerlo en su lugar favorito, el mar. Gracias por tu comentario.